Bonilla se escondió en la defensa por Chihuahua.
La marcha que no fue… y el silencio que hizo ruido
En política no solamente cuentan las victorias; también pesan las ausencias. Y este fin de semana en Chihuahua quedaron exhibidas ambas cosas. Morena apostó todo a una movilización que pretendía convertirse en un golpe político definitivo contra la gobernadora Maru Campos. Hablaron de 200 mil personas en las calles, de un “levantamiento ciudadano”, de una presión social capaz de empujar un juicio político por la supuesta intromisión de agentes de la DEA en territorio estatal. Pero la realidad fue brutalmente distinta: apenas unos cuantos miles de simpatizantes terminaron desfilando en una concentración que quedó muy lejos del músculo que el partido guinda presumió durante semanas.
El fracaso no es menor. Morena gobierna el país, controla buena parte del aparato político nacional, dispone de recursos, estructuras, operadores y propaganda permanente. Con todo eso a favor, no pudo llenar las calles de Chihuahua. Y eso, rumbo al 2027, manda un mensaje peligroso para el oficialismo: Chihuahua sigue siendo una plaza difícil de doblar políticamente.
Mientras Morena intentaba inflar una narrativa de crisis institucional, el aparato panista reaccionó con velocidad. Hubo defensa mediática, cierres de filas, activación territorial y una estrategia para contener el impacto político del ataque contra la mandataria estatal. Prácticamente todos los actores importantes del PAN salieron a respaldar a la gobernadora. Todos… menos uno.
La ausencia del alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla, no pasó desapercibida. Y en política, cuando todos hablan y alguien calla, el silencio se convierte en mensaje.
Bonilla optó por una postura tibia, cómoda, calculada. Algunos mensajes aislados en redes sociales intentaron cumplir el trámite, pero jamás se le vio encabezando la defensa política que muchos esperaban del personaje que hoy aparece como el panista más adelantado rumbo a la candidatura por el gobierno del estado. Mientras otros se metían al desgaste, Bonilla decidió observar desde la barrera.
Esa decisión puede parecer inteligente desde la lógica electoral fría: no confrontarse, no arriesgar capital político, no quedar atrapado en una guerra de alto calibre. El problema es que dentro del PAN muchos interpretaron otra cosa: falta de carácter.
Porque un aspirante a gobernador no solamente se mide en encuestas o imagen pública. También se mide en momentos de presión. Y cuando el panismo sintió que enfrentaba una embestida nacional de Morena contra una gobernadora emanada de su partido, el alcalde capitalino prefirió administrar riesgos antes que asumir liderazgo.
La lectura interna es dura. Hay quienes empiezan a preguntarse si Marco Bonilla está dispuesto a encabezar una batalla grande o si únicamente quiere aparecer cuando el terreno ya está despejado. En el panismo tradicional todavía pesa una idea simple: quien aspira a gobernar Chihuahua debe demostrar capacidad de defender al estado y a su partido cuando las circunstancias aprietan.
Y es ahí donde la marcha fallida de Morena terminó revelando otra crisis, una interna, silenciosa, dentro del propio PAN. Porque mientras el partido guinda mostró debilidad en las calles, el alcalde mejor posicionado del panismo mostró prudencia excesiva. Y en tiempos políticos tan polarizados, la prudencia mal calculada suele parecer cobardía.
Morena salió golpeado por no llenar la plaza. Pero Marco Bonilla también salió raspado por no querer entrar a la pelea.


