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miércoles, junio 3, 2026
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La marcha que nunca fue.

En política, las expectativas suelen ser un arma de doble filo. Cuando un partido promete una movilización “histórica”, convoca a miles de simpatizantes, presume músculo político y anuncia que el estado entero se levantará contra el gobierno en turno, el resultado final no admite medias tintas: o se confirma el poder de convocatoria o se exhibe la realidad. Y eso último fue exactamente lo que le ocurrió a Morena en Chihuahua.

Durante semanas, operadores, dirigentes y personajes visibles de la llamada Cuarta Transformación inflaron el discurso. Se habló de una manifestación sin precedentes contra la gobernadora Maru Campos. Los números crecieron conforme avanzaban los días: primero decenas de miles, luego cien mil y finalmente la cifra fantástica de 200 mil personas. Una apuesta descomunal, imposible de ocultar y todavía más imposible de justificar cuando la realidad terminó golpeando con crudeza.

Porque la famosa “marcha histórica” acabó reducida a una concentración modesta, muy lejos del escenario que Morena quiso vender. Apenas unos seis mil simpatizantes —según distintos cálculos— terminaron participando en un evento que evidenció más debilidad que fortaleza. El contraste entre la expectativa y la realidad fue brutal. Donde prometieron un tsunami político apareció apenas una oleada contenida.

Entonces comenzaron las excusas.

Morena argumentó que el gobierno estatal bloqueó carreteras para impedir el arribo de simpatizantes provenientes de otros estados. Una narrativa conveniente, aunque profundamente contradictoria. Porque si la marcha estaba diseñada para demostrar el hartazgo de los chihuahuenses contra el gobierno estatal, ¿por qué necesitaban acarreados externos para llenar las calles? El solo argumento termina por derrumbar el discurso original.

La verdadera pregunta es otra: ¿por qué Chihuahua no respondió como Morena esperaba?

La respuesta parece incómoda para la dirigencia guinda. Chihuahua sigue siendo un territorio políticamente adverso para el obradorismo radical. Aquí el discurso centralista no termina de conectar con amplios sectores de la población. El norte del país históricamente ha sido desconfiado de los proyectos políticos que pretenden imponer narrativas desde el centro. Y aunque Morena ha logrado avances electorales importantes, todavía está lejos de consolidar una hegemonía social en el estado.

Lo ocurrido en el aeropuerto fue otra señal inequívoca. El rechazo y los abucheos dirigidos a Andrés Manuel López Beltrán y a Ariadna Montiel reflejan un fenómeno que Morena parece negarse a aceptar: el apellido López ya no garantiza entusiasmo automático y la operación política basada exclusivamente en programas sociales empieza a mostrar desgaste en algunas regiones del país.

El problema para Morena no es únicamente el fracaso logístico de una movilización. El verdadero daño está en el simbolismo político. La marcha pretendía convertirse en una demostración de fuerza contra Maru Campos y terminó funcionando como una radiografía de las limitaciones reales del partido en Chihuahua.

Y en política alguien siempre termina pagando la factura.

Los platos rotos apuntan directamente hacia Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez, los dos perfiles más visibles rumbo a la sucesión estatal dentro de Morena. Ambos apostaron parte de su capital político a la narrativa de una movilización masiva. Ambos permitieron que creciera la expectativa. Ambos quedaron atrapados por el tamaño de la derrota mediática.

Para Cruz Pérez Cuéllar, el golpe resulta particularmente delicado. El alcalde juarense ha intentado proyectarse como el operador más competitivo de Morena en Chihuahua, pero la incapacidad de traducir estructura territorial en movilización real deja dudas importantes sobre su alcance fuera de Ciudad Juárez. Una cosa es ganar elecciones municipales y otra muy distinta liderar un movimiento estatal capaz de confrontar al aparato panista.

En el caso de Andrea Chávez, la situación tampoco es menor. La senadora ha construido una estrategia basada en alta exposición mediática, confrontación permanente y cercanía absoluta con el núcleo duro de la 4T. Sin embargo, la política real no se mide en redes sociales ni en discursos incendiarios. Se mide en capacidad de convocatoria tangible. Y ahí los números simplemente no cuadraron.

Morena cayó en su propia trampa: exageró tanto las expectativas que convirtió cualquier resultado inferior en un fracaso monumental.

Lo más preocupante para la dirigencia guinda es que la marcha terminó revitalizando políticamente a Maru Campos. Porque cuando un gobierno enfrenta una convocatoria de “200 mil personas” y al final la movilización apenas logra reunir una fracción mínima, el mensaje que queda es claro: la oposición al gobierno estatal no tiene, al menos por ahora, la fuerza social que presume.

El episodio deja además otra enseñanza brutal para Morena: el obradorismo sin Andrés Manuel López Obrador en la boleta comienza a enfrentar sus verdaderos límites territoriales. Ya no basta el discurso épico de la transformación. Ya no alcanza con repetir consignas. Ya no funciona automáticamente la polarización como estrategia única.

Chihuahua mandó un mensaje contundente. El estado no se pinta de guinda por decreto, ni por propaganda, ni por acarreo.

Y eso, dentro de Morena, empieza a generar nerviosismo.

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