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martes, julio 28, 2026
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El discurso que no alcanza a la Sierra.

En política, las palabras tienen peso. Pero cuando las palabras chocan una y otra vez contra la realidad, dejan de ser un mensaje para convertirse en propaganda.

La más reciente declaración del secretario de Seguridad Pública del Estado, Gilberto Loya, es un ejemplo de esa desconexión. Aseguró que «no vamos a ceder ningún espacio a los delincuentes ni vamos a permitir que quieran ganarle terreno a la gobernabilidad y robarle la paz que viven ahí», en referencia a las comunidades de Guadalupe y Calvo.

El problema no es la intención de la frase. Cualquier ciudadano desearía escuchar a un secretario de Seguridad expresar determinación frente al crimen. El problema es que ese discurso describe un estado de cosas que simplemente no existe.

Hablar de que no se cederá terreno a los delincuentes resulta difícil de sostener cuando, desde hace años, numerosas comunidades de la Sierra Tarahumara viven bajo el control, la amenaza o el permanente acoso de los grupos criminales. Hay poblados donde la presencia del Estado es esporádica, mientras que la presencia de los sicarios es cotidiana.

La realidad también está escrita en el desplazamiento forzado. Cientos de familias abandonaron sus hogares, sus tierras, sus animales y su patrimonio porque dejaron de esperar una respuesta efectiva de las autoridades. No huyeron por decisión propia; huyeron porque quedarse significaba poner en riesgo la vida. Esa es una de las expresiones más dolorosas de la pérdida del control territorial.

Por eso, cuando el secretario afirma que no permitirá que los delincuentes «roben la paz» de quienes viven en Guadalupe y Calvo, la declaración suena vacía. La paz no está en riesgo de ser robada; lamentablemente, fue arrebatada hace muchos años. Lo que hoy padecen miles de habitantes no es la amenaza de perder la tranquilidad, sino la realidad de vivir sin ella.

Guadalupe y Calvo no necesita discursos triunfalistas. Necesita resultados. Es una región donde la disputa entre grupos del crimen organizado ha dejado una estela de violencia, enfrentamientos, desapariciones y miedo permanente entre la población civil. Son precisamente los ciudadanos quienes han quedado atrapados en medio de una guerra que no provocaron y de la cual el Estado no ha logrado protegerlos.

La reciente visita de Gilberto Loya al municipio también deja una imagen que inevitablemente genera cuestionamientos. El secretario llegó bajo un importante dispositivo de seguridad, con despliegue aéreo y terrestre, mientras la población enfrenta diariamente condiciones que distan mucho de ese nivel de protección. La escena proyecta un contraste difícil de ignorar: funcionarios altamente resguardados recorriendo una región donde los habitantes comunes deben aprender a convivir con el miedo.

A poco más de un año de concluir la actual administración estatal, el balance en materia de seguridad sigue siendo motivo de debate. Más allá de los informes oficiales y las declaraciones públicas, la evaluación más importante es la que hacen quienes viven en las comunidades afectadas. Son ellos quienes saben si pueden transitar libremente, trabajar sin amenazas, enviar a sus hijos a la escuela sin temor o permanecer en sus hogares sin verse obligados a huir.

La seguridad no se mide por la contundencia de los discursos, sino por la tranquilidad de la población. No se demuestra con frases de fuerza pronunciadas frente a las cámaras, sino con comunidades donde el Estado ejerce plenamente su autoridad y donde las familias pueden vivir sin miedo.

Mientras esa realidad siga siendo una deuda para Chihuahua, cualquier declaración que prometa recuperar espacios que hace tiempo se perdieron corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de comunicación política más que en un reflejo fiel de lo que ocurre en la Sierra.

Porque la paz no regresa con conferencias de prensa. Regresa cuando las familias desplazadas pueden volver a casa, cuando las comunidades dejan de ser rehenes del crimen y cuando el gobierno logra que su presencia sea más fuerte que la de los grupos armados. Ese es el verdadero desafío. Y, hasta ahora, sigue pendiente.

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