Rebelión en la granja… versión PAN Chihuahua
George Orwell escribió que las revoluciones no fracasan por culpa de sus enemigos, sino porque quienes llegan al poder terminan creyéndose dueños de él. En Rebelión en la granja, los cerdos que prometieron igualdad acabaron imponiendo una nueva élite, convencida de que la granja les pertenecía.
La analogía parece cobrar vida en el PAN de Chihuahua.
A menos de un año del proceso electoral de 2027, el partido que gobierna el estado enfrenta una crisis que no proviene de Morena ni de la oposición, sino de sus propias entrañas. La disputa por el poder comienza a exhibir fracturas que durante años permanecieron ocultas bajo la disciplina institucional.
El epicentro del conflicto parece ser César Jáuregui.
Su salida de la Fiscalía General del Estado fue presentada oficialmente como una renuncia, pero dentro de los círculos políticos la percepción es distinta: más una decisión obligada que un acto voluntario. Esa circunstancia habría marcado el inicio de un distanciamiento con el grupo que hoy conduce el gobierno estatal.
El mayor costo político de esa ruptura no lo paga Jáuregui, sino la gobernadora Maru Campos.
Durante años, el exfiscal fue considerado uno de los operadores más cercanos y una de las piezas fundamentales del proyecto político que llevó al PAN a seguir gobernando en Chihuahua. Precisamente por ello, cualquier desencuentro entre ambos trasciende lo personal y se convierte en un problema de gobernabilidad política para el partido.
Las versiones sobre el intento de construir una candidatura ciudadana para la alcaldía de Chihuahua alimentan la percepción de que existe una disputa por el control de la sucesión. Más que una aspiración individual, el movimiento parece interpretarse como un desafío al liderazgo institucional del propio gobierno estatal.
La pregunta es inevitable: ¿qué llevó a César Jáuregui a encabezar esta rebelión política?
Resulta difícil pensar que un grupo integrado por experimentados cuadros del PAN y del PRI desconozca las consecuencias de una confrontación interna en vísperas de un proceso electoral decisivo. La política rara vez ofrece movimientos improvisados; detrás de cada ruptura suele existir un cálculo de supervivencia o de poder.
Las recientes declaraciones del exfiscal tampoco ayudan a disipar las dudas. Al afirmar que el PAN le debe mucho y dejar entrever que la llegada de Maru Campos a la gubernatura no puede entenderse sin su participación política, proyecta la imagen de un liderazgo que reclama un peso específico dentro del proyecto que ayudó a construir.
Sin embargo, en política las facturas del pasado pocas veces garantizan el futuro.
Los partidos que privilegian los intereses de grupo sobre la construcción de consensos suelen terminar debilitados frente a un adversario mejor organizado. Mientras Morena consolida su estructura nacional y dispone de una poderosa maquinaria electoral, el PAN de Chihuahua corre el riesgo de desgastarse en una batalla doméstica donde el principal enemigo no está afuera, sino dentro de casa.
La soberbia ha derrumbado más proyectos políticos que la oposición.
Si la dirigencia panista no logra recomponer sus equilibrios internos, el proceso de 2027 podría convertirse en una elección marcada por las divisiones antes que por las propuestas. Y cuando un partido llega fracturado a una contienda, difícilmente convence a los ciudadanos de que puede gobernar con unidad.
Orwell dejó una frase que resume el destino de las organizaciones que olvidan su propósito original: los habitantes de la granja ya no podían distinguir quiénes eran los cerdos y quiénes eran los hombres.
En Chihuahua, la verdadera interrogante es si el PAN aún puede distinguir entre un proyecto colectivo y las ambiciones personales de quienes consideran que el partido les pertenece. Porque cuando las lealtades se sustituyen por las cuotas de poder, la rebelión deja de ser una excepción y se convierte en el principio del fin.


